Cuatro micros de Ángeles Sánchez Portero


Ángeles Sánchez Portero (Zaragoza, 1974). Ha participado en volúmenes de obra conjunta como “Cuéntame una ilustración” Ed. Editec@rec 2012 y “De antología. La logia del microrrelato” Ed. Talentura 2013. En 2015, la editorial Talentura publicó su primera novela “Enero”. Mantiene un blog mundoenungranodearena.blogspot.com donde publica sus microrrelatos.



Pérdidas  

En los días de niebla, el río cruje. A los indecisos, el río les parece una nube almidonada, e imaginan, algunos, que rebotarán en esa colchoneta como cuando niños; a otros se les antoja una pátina de humo y creen que nadie oirá el ruido de su cuerpo al caer, o acaso será como el breve chasquido de un mechero, un leve roce, un segundo y luego luz. Pero abajo el río es más oscuro. Allá donde la luz no alcanza a doblar las esquinas de la duda, donde navegan ojos silentes como peces de un acuario roto, el río se vuelve más denso.

En los días de niebla, el río cruje porque, en el tropiezo de la indecisión, son las sombras de los suicidas las que saltan. Se desatan de los tobillos de asfalto y caen al río como pétalos de flores secas. Se ve entonces una onda, una lágrima de plomo más para un río que siempre está de paso. Todas saben que no podrán regresar, y en sus anhelos imaginan que sus dueños regresarán para pescarlas. Por eso, al caer la tarde, suben a la superficie y toman prestada la extraña forma de un pez.



Algas en el recuerdo  

Con la marea baja sale de su garita y se echa a caminar. En silencio, sigue la línea de la orilla con la mirada puesta en sus pasos. Son torpes, y a ratos se tambalea como si sus zapatos fueran un par de barcas zarandeadas por el mar. En su gorra de capitán aún se ve la huella de un bordado, unos hilos descosidos de lo que debió ser un ancla de oro. La brisa los mueve y parece que lleve sobre la frente sargazos dorados. A la mar no la mira, la conoce demasiado bien, y el horizonte no le devolverá a sus ahogados. Cuando llega al otro extremo de la playa, se sienta en una roca y enciende su pipa. Se le caen briznas de tabaco por la borda de sus manos, y tan apenas acierta a envolver la cazoleta mientras prende el mechero. Así pasa las horas hasta que la marea comienza a subir. Con un movimiento brusco, se arranca de la roca y se recoloca la gorra dispuesto a regresar. Sólo entonces mira al horizonte y, con mar picada en los ojos, da una orden al contramestre para evitar el naufragio.



Leer entre arrugas  

Un día, en el parque, vi un libro sentado en un banco leyendo a una mujer. Al libro se le veía muy nuevo, como recién salido de imprenta, pero la mujer tenía el cutis desgastado, la piel se le caía a trozos. Al libro eso parecía no importarle pues no le quitaba frase de encima. Estaba tan absorto en su lectura que incluso, y como por errata, le lanzó unos puntos suspensivos, momento en cual la mujer sacó un pañuelo para limpiar unas motas en sus gafas. Al cabo de un rato, la mujer comenzó a ponerse blanca y pensé que había llegado su final. Cuando traté de tumbarla en el banco, quitándole el libro de las manos, éste comenzó a leerme.



Espejismo  

Tras una brava tormenta, mi buque se partió en dos y desperté en una playa infinita. Deambulé entre dunas hasta encontrar un pequeño oasis, donde espero paciente mi rescate.

El desierto, empujado por la brisa de un mar lejano, entretiene mi espera con paisajes que cambian de un día para otro. Los de viento, la arena forma olas que entrechocan empujadas por el temporal y entonces, solo entonces, lo veo.

Veo al hombre que, con un cordel, viene a rescatarme. Arrastra un navío y saluda desde lejos con un toque de corneta. Pero al poco, es engullido por la tempestad de ocres. Sin embargo, ayer el desconocido logró acercarse hasta mi vergel. Conforme avanzaba comprobé que el navío sujeto a la cuerda era, en realidad, un velero. Cuando estuvo más cerca descubrí que el velero no era tal si no más bien una pequeña barca. A cien metros, determiné que tan solo se trataba de una canoa. Y cuando lo tuve enfrente, vi, no sin cierto desasosiego, que lo que el hombre llevaba colgado de la cuerda era un simple flotador. “Es otro náufrago de arena”, pensé y le invité a habitar mi vergel, momento en el cual la cuerda quedó tendida en la arena, sujetando, tan solo, su amable sombra.



 Libros al Albur